*Desperté con una erección sobre la misma cama diminuta de ayer. No, todavía no me acostumbro. Todavía hablo de ayer como si el día anterior al anterior o al siguiente tuviera un gramo de importancia en lo que me queda de vida. Desperté a media noche y me masturbé. El frío cada vez era más soportable que la soledad. A veces, incluso, el frío se me antojaba de pretexto para congelar con mis manos la mirada de esas docenas de mujeres que me pedían que las penetrara. Como si al fundir mi semen con mi piel helada, pudiera enfriar el pasado y mis ganas de volver allí: a ese estudio fotográfico del distrito de Sarrià.
La sangre aún estaba fresca cuando llegó la Policía y yo aún estaba riendo. El placer de una muerte tan perfecta es muy difícil de disimular. Tampoco intenté disimular. En el fondo sabía que había llegado el momento de enfrentar esa realidad en la cual vivían mis víctimas, como les dicen en los periódicos. Yo prefiero llamarlas amantes. Ellas preferían llamarme amor. Mi abogado, en cambio, prefiere llamarme psicopatía carismática. Dijo que así me reduciría la pena, pero le dije que eso no me interesa. La pena la curo con sangre y si no la puedo curar encerrado en este cuarto de mierda, me regalo la mía, mi sangre, mi muerte. El juez prefiere llamarme millones de euros, pero mis pinturas no se venden. Esas no. Ni para sacarme de aquí, ni para nada. Son como unas fotografías, pero con detalles pincelados que me escupen sobre la retina los recuerdos más viscerales y festivos de mis últimos años en Barcelona.
“Ninguna se negó”, dije como para adaptarme al escaparate de la defensa, pero a sus familiares, ese les pareció un argumento poco complaciente. Ellos prefieren llamarme animal, y de todos, es mi nombre más acertado. Aunque si me dieran a escoger, yo preferiría no tener que mencionarme nunca.
Lanzo las sábanas manchadas a un costado y me refugio en la cobija de lana que fue tejida a mano para el adolescente que se suicidó con el cordón de la lámpara antes de que yo llegara. Yo nunca sería capaz de suicidarme. No tengo tanto valor. En eso siempre coincidí con Gema, mi primera amante. “¡Maldito cobarde hijo de puta!”, gritó la penúltima vez que fue al estudio. Yo me quedé un poco como si nada contemplando una copia de la primera pintura que había vendido. Era sobre un perro enamorado de un cuervo muerto. Patricia también me tachaba de cobarde, pero no le importó. Ella, en cambio, era de esas mujeres que absorben amor como agua una esponja. Me lo dio todo y yo no supe darle nada a cambio, por eso tengo su muerte estampada en uno de los lienzos más grandes del estudio.
Yo no aprendí a quedarme. Eso es algo que nunca enseñan. “Soy sólo un viaje de ida y vuelta”, les decía. Siempre les decía, pero nunca escuchaban y al amor hay que matarlo antes de que se crea dueño del cuerpo. Ellas contenían tanto amor dentro de sus cuerpos que había que abrirlo de par en par para dejarlo libre, pero siempre se trasladaba a otro: más delicioso, más inteligente, menos cobarde y con otro nombre. A veces no eran de aquí y eran de allá, del coño sur al otro lado del Atlántico, pero a la vez eran iguales. Se enamoraban de mí más rápido de lo que la heroína tardaba en alcanzar los receptores opioides de mi sistema nervioso.
No vuelvo a dormir. Un retazo de cable de donde colgaba la lámpara, de donde colgó el adolescente antes de que yo llegara, me mantuvo entretenido en lo que agonizaba la madrugada. La puerta de barrotes me regala un gesto de tristeza patética cuando se abre. Sabe que no volveré a hablarle de las tetas de Sarah. Yo sé que no volveré a masturbarme.
Cuento publicado originalmente en el libro: “Desperté con una erección”, de varios autores. Descarga la obra completa aquí: http://issuu.com/angvalenz/docs/ereccion_b
1 comentarios:
Flaca, eres un demonio de las letras.
¡FELICIDADES!
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